Teatro

Enrique Jardiel Poncela, Primera parte.

Jardiel Poncela. La risa inteligente

Hay quien se ríe de pena y de pavor, como Muñoz Seca ante el pelotón de fusilamiento: «Me podréis quitar todo menos el miedo que tengo». Y esa risa, si es consciente, si es inteligente, libera. Porque reírse es de hombres libres y la libertad no es ni de derechas ni de izquierdas. De hecho, repatea a unos y otros.

Jardiel Poncela como autor del régimen

Un mito muy arraigado pese a lo absurdo que resulta a la luz de los datos o, simplemente, abriendo una de sus páginas. «La dictadura es el sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido es obligatorio», (nació y murió en el entorno de Chueca) «Su único pecado fue quedarse en España», declara Enrique Gallud Jardiel, nieto del dramaturgo, novelista y humorista y gran estudioso y «rescatador» de su obra.

La división simplista

De ahí radica el malentendido, el mismo que ensombreció durante años (desde la Transición) la figura de auténticos pioneros como Edgar Neville o Mihura. «En los 70 se hizo una división simplista de la literatura y se adscribió erróneamente a Jardiel al falangismo. «En los años del Frente Popular sus novelas fueron censuradas por conservadoras, pero es que con la llegada de Franco siguieron siendo censuradas por izquierdistas, porque en ellas criticaba al poder, a la Iglesia, etc.,…».

Jardiel, desde bien joven había volcado su genial bilis en la narrativa, se refugió en el teatro por ser un género más popular, donde llegar al público y ganarse la vida sin ser tan opinativo. A la postre, su dramaturgia le ha ganado en fama a su ingente novelística. «Eloísa está debajo de un almendro», «Angelina o el honor de un brigadier» son títulos que siguen reponiéndose en las tablas; nadie lee, en cambio, «La tourné de Dios».  El teatro Jardiel siguió siendo un francotirador: «Su caso no es como el de, por ejemplo, José María Pemán, apoyado por el régimen. Él nunca tuvo ayudas, ni subvenciones. Murió en la pobreza y hasta no querían dejarlo enterrar en sagrado porque se le consideraba ateo». Eso fue en 1952. Antes de eso, para este autor que alcanzó la fama en los años 20 y 30, todo se habían convertido en pulgas: el fracaso de una gira americana, un desengaño amoroso, la muerte del padre, un cáncer de laringe y la ruina económica. En la calle Infantas ideó este epitafio con el que está enterrado en la Almudena: «Si buscáis los máximos elogios, moríos». En su caso han tenido que pasar algunas décadas para que su talla intelectual se contextualice en justicia. «Hoy está más de moda que en los 70», mantiene su nieto, para quien Jardiel es «un clásico en el sentido de que su obra no caduca; es una literatura muy cosmopolita, muy atemporal; sus temas suceden ahora y sucederán dentro de 50 años; se podrían haber ambientado en Madrid, París, Buenos Aires, da igual, no era localista, ni costumbrista, ni de sainete»… ni misógino.

 

 

Extracto de la Razón  “Jardiel Poncela: El «falangista» censurado por Franco”