Entre Visillos

Relatos para no dormir 3º La Residencia.

La Residencia.

En un pueblo madrileño, se inauguró hace dos años escasos una Residencia de ancianos, es subvencionada y yo que acababa de terminar a distancia un curso de auxiliar de geriatría,  eche mi curriculum; Pasados un mes escaso me llamaron para hacer la entrevista.  La Directora de estatura pequeña, menuda pero con una potente voz, después de hacerme las oportunas preguntas y con los informes y recomendaciones que llevaba de inmediato me indico que podía empezar a trabajar al día siguiente;  Me puse muy contenta, llevaba ya tiempo en el paro y mi ilusión por empezar  un nuevo trabajo era mezcla de ilusión e incertidumbre ante mi nueva labor.

El primer día todo era nuevo,  yo estaba acostumbrada a hacer todo pero con solo una persona,  y teníamos más de diez ancianos a nuestro cargo por trabajador, del todo desde el primer día me di cuenta que la carga de trabajo era muy excesiva, llegue a casa sin poder mover ni un músculo,  me eche en la cama y amanecí al día siguiente;  A medida que iban pasando los días me daba cuenta que ese trabajo no era el que yo había hecho en casas de personas que querían que les cuidaran a sus mayores de la mejor manera posible.  Había residentes que no podían comer solos y tenias que emplear el tiempo que disponíamos a la vez para darles de comer  a ellos y a la vez atender a los demás, la mayoría no podían por sí mismo;  imposible atenderlos como se merecían y por eso muchos se quedaban sin terminar su plato,  por eso adelgazaban o  terminaban desnutridos;  te tenias que multiplicar no por dos sino por cinco y aun así no podías atender a todos.

La Directora que en su despacho con los familiares hacia pura falsa y se desvivía en hablar de las bondades de ese centro, por las mañanas se volvía más que en un sargento de hierro en una domadora de leones, a grito pelado y con malos modales nos gritaba todas la mañanas dándonos las instrucciones vociferando como si de esta forma se la tuviera por más autoridad y siempre con la coletilla, ” ¡ quien no esté a gusto aquí ya sabe dónde está la puerta, tengo más de trescientas solicitudes para entrar a trabajar !” (solo faltaban los latigazos).  En la residencia trabajaban las dos hijas  de la Directora y estaban encargadas de una planta cada una y de organizarnos a todas,  nos arreaban como si fuéramos una reala de perros tirando de un trineo para hacer  las habitaciones lo antes posibles, nosotras hacíamos lo que podíamos pero era imposible hacer un buen trabajo;  levantar a los residentes, lavarlos vestirlos llevarlos a desayunar hacer  las habitaciones, darles de comer, atenderles personalmente no se podía, y hacerlo bien era imposible.  Estábamos deseando que llegara la hora de las visitas, porque el estrés  las carreras y  los gritos acababan con la presencia de las visitas; teníamos que cuidar mejor a los ancianos y dar  la sensación de que todo estaba controlado, cuando era horario de visita, no había azuces para hacer el trabajo rápido, ni gritos, todo era teatro, ficción, todo para que los familiares de los residentes tuvieran la impresión de que todo el tiempo era así.

En la residencia había una mujer con alzhéimer que su marido la había internado por necesidad, el no se podía hacer cargo solo, pagaba cerca de tres mil euros, acudía todos los días mañana y tarde a verla y estar con ella; este tipo de clientes le ponía de los nervios a la Directora porque eran los más exigentes y demandaban continuamente atención para sus familiares;  A los trabajadores también nos rompía el ritmo de nuestros quehaceres que eran muchos más de los que podíamos abarcar  humanamente.

A un paciente se le cambiaba el empapador por la mañana y lo normal es que hasta antes de comer, y si acaso, no se le volviera a cambiar por otro limpio, seis hora  o más con un pañal que muchas veces estaba desbordado, para evitar esta circunstancia que nos rompía el poder terminar todo el trabajo y nos decían que  multiplicábamos el gasto de pañales por ello nos daban instrucciones de que tratáramos de no darles de beber agua, salvo que ese paciente lo tuviera prescrito. Por esto los casos de deshidratación eran muchos y tan solo con los casos más visibles se actuaba, todo estaba pensado para el beneficio puro y duro. Me enteré que la Directora obtenía suculentas nominas si conseguía llegar a su objetivo, no gastar todo el presupuesto, mas ahorro mas comisión recibía esta por su logro. Los trabajadores nos sentíamos maltratados moral y personalmente porque veíamos que estábamos trabajando con personas muy desvalidas sensibles y necesitadas y que  para la Empresa los residentes eran  como ganado, no había humanidad solo el beneficio económico. Tuve que empezar a tomar ansiolíticos y aquellos meses que estuve trabajando en este sitio tuve continuas pesadillas durante las noches.

Un día acudí al trabajo y a soslayo me contaron que ese día había fallecido un anciano  que tenía Alzheimer,  se había escapado de su habitación por la noche, había salido por la puerta de la cocina al patio, no supo ni pudo volver a entrar; se lo habían encontrado el turno de la mañana entre los contenedores de la basura, acurrucado;  al día siguiente murió de pulmonía,  a la familia se le informó de que había sido de los bronquios que estaba muy delicado y era muy mayor.

Hicimos la habitación, y esa misma tarde en la cama del anciano había un nuevo residente.

Yo deje ese trabajo ese mismo mes.

 

 

1 pensamiento sobre “Relatos para no dormir 3º La Residencia.”

  1. Interesante relato, te hace reflexionar en nuestros adultos mayores y lo difícil que puede ser para algunos subsistir al no contar con la familia. Muchos pensamos que no vamos a llegar a esa edad con problemas, pero nunca se sabe. Gracias por compartir.

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