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El Síndrome de la Cabaña 2ª Parte.

El Síndrome de la Cabaña ( 2º Parte)

Me quedé dormida, soñé recuerdos pasados de mi feliz juventud, soñé con parques, amigos, abrazos y días felices, me interrumpió un ruido, lo reconocí como el timbre de la puerta de la calle;  Mi hija había venido para socorrerme para ampararme.

Cuando mi hija se empeñó en que saliera con ella a comprar las medicinas me negué en rotundo, no quería exponerme al virus, el bicho estaba en la calle en todas partes, yo en mi casa estaba a salvo, como la doncella en su castillo, bien segura y protegida por anchos y altos muros limpios y saneados, en la calle había muchas personas, y luego estaba entrar en la farmacia llena de personas mayores como yo; no me podía obligar, yo me encontraba tan a gustito en mi casita, la calle era un mundo hostil inhóspito inseguro muy amplio y desconocido para mí. Mi hija insistía e insidia, quería que saliera a acompañarla a la calle, que me quedara en la entrada de la farmacia. Me aferre como un niño a mi butaca y me negué en rotundo a salir con ella, el mundo se había echo muy grande para mí.

Me fui a la cocina cogí mi amuleto, me puse el abrigo y me agarre al brazo de mi hija, me había convencido, igual que lo hizo su padre para que me casara con él, testarudo constante y cuco, igual había salido la niña;  Hacia mucho tiempo que no veía a mi amiga Prudencia, y si ella estaba en la calle comprando en la frutería yo también iría a la farmacia a comprar con mi psicóloga personal, y con mi amuleto…una cabeza de ajo.

 

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El Síndrome de la Cabaña 1ª Parte

El Síndrome de la Cabaña (1ª Parte )

Me he levantado como cada mañana, he desayunado, he recogido la casa, la he limpiado de forma muy minuciosa, desde que estamos confinados la limpieza es la primera tarea que realizo en casa, pongo todos mis sentidos para no dejarme ni un rincón, ya sé que está limpia y que en mi casa no entra nadie y yo no salgo, solamente a tirar la basura a la calle, pero lo hago por la tarde cuando ni coches pasan por la carretera, bajo por las escaleras sin tocar nada, abriendo las puertas con un trapo de intermediario y que luego lo lavo con detergente agua caliente y desinfectante.  La compra me he acostumbrado a que me la traigan a casa, me la dejan en la puerta y cuando la introduzco en casa la caja y toda ella la lavo con un trapo bien enjabonado y desinfectante.

Un día sentía mareo llame al médico me estuvo haciendo un montón de preguntas y llego a la conclusión de que tenía que emplear menos detergente con desinfectante, y me mando que abriera las ventanas, yo al principio tenía terror pánico, pensaba que el virus iba a entrar por la ventana, el médico me tranquilizo y me convenció de que la enfermedad no volaba y que yo al vivir frente a un parque y no tener vecinos cercanos estaba a salvo. Yo me sentía a salvo en mi casa muy a gusto en mi castillo, sabía que si me mantenía en él, no me pasaría nada.

Por la ventana veía como la gente salía, pensaba que eran unos inconscientes y unos insolidarios, porque después de leer y enterarme de cómo  se trasmitía el virus los veía  como los culpables de que muchas personas se contagiaran o murieran.

Se me acabaron las medicinas, mi hija estaba en el pueblo de alado viviendo y no se podía trasladar para ir a la farmacia y traerme , me entro el pánico me quede paralizada en el sillón sin saber lo que hacer, permanecí allí paralizada durante dos horas, por mi cabeza paso todos los recuerdos de mi vida, mi penosa y trabajosa vida como viuda, me veía sola y sin poder ir a la farmacia. Conseguí reaccionar, me puse a llamar a farmacias por si me podían traer los medicamentos, nadie podía por seguridad, los míos eran con receta especial y tenía que ir personalmente yo o alguien, no tenía a nadie me encontraba aterrada y  sola.

 

Continuara…